“Portland es una ciudad que me llamó la atención porque es súper relajada y es muy creativa. Lo normal es ser no normal. El saying de acá es “Keep Portland Weird”. Gracias a eso todo es super LGBT+. También me gustan mucho los bosques y las montañas y tenemos todo eso acá. Más que nada Portland me deja poder salir sin que me juzguen por quien soy sin tener que preocuparme”, dice Charles Andrés García Jiménez, un hombre trans de 28 años, que decidió mudarse a esta ciudad de Oregón en el 2021.
Portland aparece en el puesto 4 entre ciudades estadounidenses, con alta población LGBTQ+ estimada en un 8 % y buena infraestructura de apoyo, según el índice “Most LGBTQ-Friendly Cities in the U.S.” de 2023. Aun así, García Jiménez y su esposa, Vanessa Lamas, no acaban de sentirse seguros.
“Tenemos mucho miedo de que empiece a no ser tan bueno los Estados Unidos para nosotros… pero no puedo hacer nada”.
Desde el inicio de la administración del presidente Donald Trump, se eliminaron las protecciones contra la discriminación hacia personas trans en la atención médica, se redefinió “sexo” de forma restrictiva al género asignado al nacer y se dificultó el cambio de documentos y el acceso a espacios que reconocieran su identidad de género.
El miedo de García Jiménez no es exagerado, en el 2025, 49 de los 51 estados del país ya han presentado un récord de 1009 iniciativas legislativas, culminando en 123 leyes, que dificultan la vida de la comunidad trans.
“Yo no puedo entrar al baño público porque si entro al de mujeres pues obvio pues me agarran y si entro al de los hombres me dicen no puedes porque eres trans género”.
Y es que normalizar ser un hombre trans ha obligado a Jiménez García, criado en Miami y nacido en México, a un “ir y venir” en busca de espacios seguros, dónde encontrar oportunidad y aceptación, entre Florida, California y su país natal, hasta llegar a Oregón.
Hace una década Jiménez García decidió informar a sus padres cómo se sentía, un preludio de la ruptura.
“Les dije: me siento diferente; me siento hombre y me gustaría empezar a usar las hormonas, creo que soy transgénero”.
Al principio los padres pidieron que lo pensara y le propusieron terapia. En ella, Jiménez García comenzó a entenderse mejor y conoció por primera vez una persona trans.
“Hasta ese momento no sabía que era posible ser hombre. Lo primero que hice fue cambiarme el nombre”.
Y al año, con el dinero que había ahorrado de su trabajo, se pagó los primeros meses de tratamiento de hormonas semanales, sin avisar a sus padres. Al enterarse, no apoyaron la iniciativa.
“Me dijeron que no, que no estaba listo, que no podía empezar. Empezamos a pelear por eso y luego ya terminaron diciéndome que si quería empezar mis hormonas que me tenía que ir de la casa”.
No sirvió la explicación de que los tratamientos hormonales, como joven adulto con mayoría de edad, eran una intervención respaldada por evidencia científica para aliviar la disforia de género, por entidades profesionales como la Asociación Médica Estadounidense (AMA), la Asociación Mundial de Profesionales para la Salud Transgénero (WPATH) y la Endocrine Society.
O dar sus razones más personales como que necesitaba comenzar tratamientos hormonales para alinear las características físicas de su cuerpo con su identidad masculina, algo que descubrió desde muy pequeño.
“Sentía que era diferente, pero no entendía por qué. En mi mente yo era un niño, total, pero no me dejaban vestirme como niño y no entendía. A los 8 comencé a usar la ropa de mi papá. Todo lo de él, se lo robaba. Cuando ellos no estaban en la casa, cuando salían a cenar, se iban con sus amigos, que yo me terminaba quedando media horita…lo primero que siempre hacía era irme al closet de mi papá y me probaba sus corbatas, sus trajes de baño, sus suits. Me quedaban enormes, todavía me quedan enormes”.
Tras el desacuerdo, Jiménez García, decidió mudarse a California: “Dure casi dos meses viviendo entre mi carro y entre unas granjas.” Trabajaba en el programa de granjas que ofrecían alojamiento y comida a cambio de dos o tres horas de trabajo diaria, mientras continuaba sus tratamientos de hormonas. Pero lo más duro, dice, fue aprender a aceptarse tras el vacío emocional que le dejó la ruptura con los suyos.
“Como crecí y como son mis papás me costó mucho poder decir así soy y no hay nada malo conmigo, simplemente soy diferente. Eso me costó un montón. El que mis amigos de la prepa no me hablen por quien soy también me costó mucho. Hay muy pocos que todavía me hablan, desde que salí del closet y les dije que era trans. Pues nada, eso fue difícil”.
Tras ser expulsado de las granjas porque no aceptaban a su perrito, llegó a Los Angeles, donde le apoyó un tío. Luego, se mudó a México, donde le recibió su abuelita.
“De México regreso a Orlando. Allí estaban viviendo mis papas en el momento; mi abuela le había dicho a mi mamá que me aceptara de nuevo, y mi mamá por fin había dicho que sí”.
En este ir y venir, ya había decidido su nuevo paso en el recorrido por acomodar su cuerpo a su identidad de género, una operación para quitarse los pechos. Tendría que esperar tres años.
“O sea que me mudo de regreso con mis papás, me quedo con ellos otro año y luego me salgo de nuevo porque simplemente no quería estar en la casa a las 10 de la noche teniendo 20 años. Mamá como que no entendía eso”.
Jíménez investigó cirujanos, sacó su primera tarjeta de crédito y en una semana ya había realizado su cirugía.
“Me sentí feliz, literal como si ya no tengo algo en el pecho. Era libertad. desde chiquito nunca me gustaron. Nunca me gustaron, ni tantito. Me molestaba un montón. Era increíble”.
“Trabajaba afuera y ya no tenía que usar tres camisetas encima”.
Con su propio espacio, Jiménez González recuerda los retos de navegar también su vida emocional hasta dar con Vanessa Lamas, quien también sufrió rechazo familiar por ser gay.
“Las citas tampoco fueron sencillas. Salir con mujeres y luego les dices pero bueno no tengo estas partes te ven como que eres diferente y sales con un hombre gay y te dice lo mismo. No tienes lo que ellos buscan. Si se complica un poquito la cosa pero yo más que feliz en ese lado, ya no me tengo que preocupar allí”.
Este año, se hizo extirpar el útero y los ovarios, deteniendo así la producción de estrógeno y la menstruación: “Lo más probable, la última cirugía”.
Un hombre trans define su proceso de principio a fin. Charles ha pasado por varias fases médicas que permiten a muchos reafirmar su identidad: cambiarse el nombre, tratamiento de hormonas, y dos cirugías para extirpar el pecho, primero, y luego el útero y los ovarios.
Los procedimientos mencionados conllevan efectos secundarios. De acuerdo con la Clínica Mayo: la terapia hormonal masculinizante puede conllevar, entre otros riesgos, aumento de peso, acné, calvicie de patrón masculino, apnea del sueño, aumento del colesterol “malo” (LDL) y reducción del “bueno” (HDL), hipertensión, policitemia (incremento de glóbulos rojos), coágulos sanguíneos en una vena profunda o en los pulmones, diabetes tipo 2, infertilidad, sequedad o adelgazamiento del revestimiento vaginal, dolor pélvico y molestias en el clítoris. Según la Clínica, no está claro si la terapia hormonal masculinizante aumenta el riesgo de cáncer de ovario y útero, pues hace falta investigar más.
“De salud me sube, el número de sangre, los glóbulos rojos. Mientras que done sangre cada pocos meses todo está bien”. Aunque el Instituto Nacional de la Salud recomienda un monitoreo sistemático para prevenir enfermedades cardiovasculares, de los riñones y cáncer en diferentes modalidades.
Otras opciones más drásticas son la metoidioplastia, o aumentar el largo del clítoris sin añadir otro tejido, y la faloplastia o creación quirúrgica de un pene.
“Sí me interesa, pero es un proceso largo. Son tres o cuatro cirugías y toma meses. Los médicos prefieren que se haga antes de los 35 y me quedan seis años. Pero honestamente, creo que la medicina aún no está tan avanzada como para lograr los resultados que quiero. Además, con el clima político actual… da miedo”.
Charles vive hoy con Vanessa y un compañero de apartamento, Moe, también trans. Los tres comparten algo más que el alquiler: todos fueron rechazados por sus familias.
“Una vez que me fui a la universidad, nunca volví a casa”, cuenta Moe. “Durante las vacaciones vivía con amigos. Nunca tuve una buena relación con mis padres”.
“Lo que me hace sentir más tranquilo es saber que no estoy solo. Mi roomie está pasando por lo mismo, y tenerlo cerca me ayuda mucho. Además, mi hermano menor también es trans, y poder guiarlo me da paz”.
Aun así, Jiménez González reconoce que la dificultad de su recorrido trans tiene un costo en salud mental.
“Mi depresión y mi ansiedad: por todo lo que tenía ya creciendo, más aparte, lo poquito más de los stress de ser adulto. Los últimos dos años han estado un poquito más difíciles en ese sentido. Me pegó bien duro la depresión porque ya no estoy trabajando con animales. Estaba como un assistant de veterinario, pero ya lo dejé. Solo porque pues no encontraba lo que quería con mi vida. Eso es lo que ha sido lo más difícil honestamente que hago con mi vida”.
Más de cuatro de cada diez jóvenes LGBTQ consideraron seriamente el suicidio el año pasado, según la encuesta del 2024 de Trevor Project. Asimismo, casi la mitad o 46% de los jóvenes LGBTQ manifestaron haber deseado recibir apoyo psicológico o emocional de un profesional de la salud mental, pero no pudieron obtenerlo.
Casi uno de cada cinco (18%) hombres transgénero y el 14% de mujeres transgénero jóvenes intentaron suicidarse el año pasado, en comparación con el 7% de hombres cisgénero y el 8% de mujeres cisgénero jovenes en una encuesta de 2024, según la misma encuesta.
Una realidad, que Charles dice haber superado gracias a su recorrido trans: “Si no hubiese sido posible alcanzar ser quien soy, ya no estaría en esta Tierra”.





























