La noticia no llegó por medio de un discurso, ni con alguna transmisión oficial. La misma llegó como suelen llegar los momentos que marcan cambios significativos: por el celular, a punto de explotar por el número de llamadas perdidas.
Ninibeth Barazarte, venezolana que se desempeñó como deportista de alto rendimiento en Rusia, despertó en medio de la madrugada con la pantalla llena de mensajes.
“Pensé que era mentira”, recuerda. Hasta que su familia empezó a confirmarlo y las imágenes comenzaban a circular, entendió que algo por fin se había movido: Nicolas Maduro había sido capturado por fuerzas Estadounidenses.
Nini salió de Venezuela en 2017, embarazada, con dos maletas y un colchón inflable. Hoy, vive en Costa Rica y se desempeña como una exitosa artista de maquillaje. Para ella, lo ocurrido no es simplemente un titular político, sino una puerta que empieza a abrirse para su hijo y para su familia que sigue en Venezuela, haciendo filas de horas para comprar comida, enfrentando apagones y escasez de agua.
“No sabía si llorar o qué emoción expresar”, nos dijo con voz quebrada en una entrevista telefónica.
“Me alegró, porque abre la puerta a muchas cosas, pero también tengo dudas”.
Esta mezcla de alivio, felicidad y cautela se repite entre los venezolanos exiliados.Javier llevaba casi una década fuera del país, viviendo en Estados Unidos, cuando leyó en un grupo de Whatsapp que había detonaciones en Caracas. Eran la una de la mañana cuando buscó en redes y esperó confirmaciones, llamó a su madre y hermanos.
“Despierta todas las alegrías posibles”, dice, “pero también dudas sobre el futuro”. Aún así, hay algo que no se negocia: “Nada opaca la alegría de que por fin se esté haciendo justicia”.
La celebración de los venezolanos no ha sido solo de manera interna. En diferentes ciudades, miles de venezolanos salieron a las calles, se abrazaron entre desconocidos, y ondearon orgullosamente la bandera de su país. No celebraban una potencia extranjera ni una estrategia militar, sino la sensación que se ha pospuesto por casi 30 años.
Al mismo tiempo, en distintos puntos de Estados Unidos, como Washington D.C, se registraron protestas en contra de la intervención estadounidense en Venezuela. El New York Times ha reportado manifestaciones de grupos que rechazan la guerra y advierten sobre los riesgos legales y humanitarios de una acción militar sin consenso internacional. El debate sobre el derecho internacional y la soberanía llena las secciones de comentarios de distintos posts en redes sociales, pero para muchos venezolanos en el exilio, esta discusión no es el tema central de este momento histórico.
Para el politólogo José Miguel Cruz, director del Centro de Estudios Latinoamericanos Kimberly Green de FIU, la coexistencia entre euforia y preocupación refleja una realidad más profunda. Aunque Maduro encabezaba un régimen autoritario, advierte que su captura no equivale a la caída del sistema que gobernó Venezuela durante años.
“No ha habido una transición democrática”, sostiene. “Lo que ha ocurrido es la remoción de un líder, mientras el régimen permanece”.
Cruz subraya que, hasta ahora, no existe información clara sobre un plan de transición, ni señales de que el poder vaya a ser devuelto al pueblo venezolano. A su juicio, la toma de decisiones sigue concentrada entre actores del antiguo régimen y la administración estadounidense, dejando al margen tanto a la oposición como a los ganadores reconocidos de las últimas elecciones.
“Quienes no están participando en la toma de decisiones son los venezolanos mismos”, enfatiza.
Desde el punto de vista del derecho internacional, el académico señala que la intervención plantea serios dilemas: la violación del principio de soberanía, la ausencia de aval multilateral y la falta de justificación legal bajo la legislación estadounidense, dado que Venezuela no representaba una amenaza directa. Además, advierte que esta acción establece un precedente peligroso en tiempos contemporáneos, al normalizar que un país poderoso intervenga militarmente en otro sin el consentimiento de su población.
Cruz también alerta que, lejos de traer estabilidad inmediata, este escenario puede prolongar la incertidumbre. “Cuando no hay participación ciudadana ni reglas claras, se abren espacios para más inestabilidad, y quienes terminan pagando el costo son las personas comunes”, señala. No obstante, reconoce que aún existe una oportunidad: que Estados Unidos rectifique el rumbo y facilite un proceso en el que los venezolanos recuperen su voz y decidan su futuro.
Para ellos, la palabra “justicia” tiene un peso distinto. Nini piensa en las protestas reprimidas, en quienes no regresaron a casa, en los niños que cruzaron fronteras, en la xenofobia que han sufrido fuera del país. “Dios es justo”, dice. “El mal no dura para siempre”.






























