Con un teléfono y una libreta, Karelia Hernández, Lady la Vulgaraza, aprendió a organizar ayuda en medio del encierro del 2020. En Pochocuape, Nicaragua, levantó un comedor infantil con 50 platos diarios y, en cuestión de semanas, ya servía más de 230 por jornada.
“La idea nació cuando el mundo entero enfrentaba la pandemia”, recuerda. “Regalamos risa, regalamos oportunidad… El aprendizaje más grande es no desconfiar de mí ni de lo que puedo hacer por otros”.
Durante dos años, además de la comida, entregó casi 400 paquetes de útiles escolares, sostenida por pequeñas donaciones que llegaban desde Facebook, TikTok, Instagram y YouTube.
“Yo vi a Karelia repartir comida a niños y a ancianos; estuve allí en mayo de 2020”, cuenta la diseñadora de joyas Ana Galán. “Ollas, un fogón hecho con leña, listas de entrega, traslados de última hora”
Karella, una mujer trans de 31 años, prefiere repartir el crédito: “No lo pude haber logrado sin la ayuda de Dios y de los seguidores”. Los más de 180 mil seguidores en TikTok de Lady la Vulgaraza, su alter ego de los medios sociales, que con malas palabras denunciaba la corrupción y defiende el derecho a ser libre.
“El personaje me ha empoderado” explica Karelia. Le dió visibilidad, donaciones, alcance en redes, y una voz para exigir respeto para la comunidad LGBTIQ+: “No por ser gay o trans somos distintos: merecemos respeto” dice Karelia.
“Es una mujer muy educada, aunque su personaje use malas palabras y lenguaje coloquial en los videos. La he visto luchar y crecer, y puedo decir que es muy inteligente y capaz. Detrás de la cámara hay disciplina y corazón; no es solo show”, cuenta Ana.
Todo este impulso tuvo una pausa inevitable. Karelia se vió obligada a exiliarse en Costa Rica en el 2022 por denunciar al gobierno de Daniel Ortega y más tarde aterrizó en Estados Unidos, donde también pidió asilo político.
“Empezar desde cero en Estados Unidos es fuertísimo”, admite. “Ha sido durísimo estar lejos de mi familia”.
Desde su llegada, Karelia se impuso una rutina que combina sobrevivir y construir su futuro. Trabaja como cocinera, toma clases en high school, mejora su inglés y quiere estudiar periodismo para complementar su experiencia en la denuncia y el servicio.
Servicio, que ahora mantiene como puede con ayudas puntuales.
“Sigo ayudando a personas con esa labor social, tal vez no de esa manera que lo hacía antes pero si de otra manera. Ese hilo que nunca se va a romper, el hilo de estar con los pies sobre la tierra y seguir llevando esa convicción y esa misma mentalidad hoy mañana y siempre.”
El condado de Miami-Dade se constituye por inmigrantes. Según datos del Censo de EE.UU., al 2023 más de la mitad de sus residentes nacieron fuera del país, y Florida alberga una comunidad trans numerosa, de aproximadamente 110,000 personas de acuerdo a el Williams Institute.
Como inmigrante trans, Karelia conoce de primera mano las dificultades de acceso a salud afirmativa, prevención y trámites básicos para latinas, inmigrantes y la comunidad LGBTQ+. Su intención es rearmar su vida y su propósito, transformando la experiencia del desplazamiento en una red de apoyo que cruza fronteras para otras personas pasando por lo mismo que ella ya pasó.
“Todavía sigo con esas convicciones de seguir apoyando a mi gente. Vengo de una familia humilde que ha pasado por muchas precariedades. Y creo que esto me ayuda a seguir con esta misma labor. Creo que este activismo sigue y no va a cambiar.”
En ese esquema, dice Karelia, el éxito no se mide por vistas en los medios sociales, sino por continuidad y cobertura: “cuántas familias, cuántos meses, cuánta evidencia pública de lo hecho”.
Para Karelia el futuro cabe en cosas pequeñas: una olla humeante, una libreta con nombres, un cuaderno y lapiceros en la mesa. Ella mira esas piezas y las va encajando como puede: estudiar para el examen de inglés, responder un mensaje de una familia en necesidad, planear una entrega de tarea el sábado.
Mientras, Lady la Vulgaraza sigue siendo el megáfono en TikTok. Un eco que se convierte en recibos, listas y manos que se organizan. Entre Pochocuape y Miami ya no hay solo nostalgia, hay un puente, afirma.
Y si un día ese puente tiembla, ella vuelve a decir lo que aprendió a través de los años: “yo soy, yo puedo, yo quiero, yo debo”.





























